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El cura pedofilo Eduardo Lorenzo fue denunciado por una tercera victima y volverán a pedir su detención

Este miércoles se conoció el testimonio de una nueva víctima de abuso del cura Eduardo Lorenzo, confesor del Padre Grassi, y quien actualmente posee una denuncia penal por abuso sexual con acceso carnal agravado y está libre.

La Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico de Argentina realizó la segunda conferencia del año por la causa contra el cura Eduardo Lorenzo, quien está denunciado por abuso sexual con acceso carnal y corrupción de menores, en la que se dio a conocer la declaración de la cuarta víctima.

La conferencia se realizó en calle 6 n°592, entre 46 y 47, en la sede de la CTA de La Plata. En la misma, Julián Bartoli, miembro de la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico de Argentina y uno de los denunciantes contra el cura, leyó la declaración de la cuarta víctima cuyo seudónimo es Juan, y optó por resguardar su identidad.

En el relato que brindó ante la fiscal de la causa, Ana Medina, durante tres horas el jueves 7 de noviembre, “Juan” detalló los maltratos y abusos que vivió durante casi un año entre 2001 y 2002 en la parroquia Nuestra Señora de Lourdes, la misma iglesia en la que Julián Bartoli conoció a Lorenzo y fue abusado.

Según se detalla de la declaración, Juan expresó que “en 2001 llego a La Plata y lo primero que hice fue buscar una iglesia porque mi familia era muy católica, éramos de esas familias que íbamos a misa todos los días. Ahí voy a la parroquia de Lourdes y lo conocí a Lorenzo. Iba a la iglesia, a la misa y me quedaba después de la misa a tomar mates. Eso lo empecé a hacer más seguido y a tener una relación más cercana con él. En un momento me invitó a cenar a su departamento en calle 17 entre 37 y 38”. Cabe destacar que se trata del mismo domicilio señalado por algunas de las víctimas de la causa.

Allí, “iba a cenar a la casa cada vez más seguido, a veces nos quedábamos solos y tomábamos whisky. Y ahí comienzo a tener una relación de amistad, para mí era ‘el cura de todos’, pero en parte mi amigo. Él me valoraba, me hacía sentir especial, súper importante, donde vos te sentís que te elige a vos y no a otros. Pensaba ‘soy yo, me elige a mí por encima de todos’”.

Además, detalló una de las características de Lorenzo, que es la conseguir que siempre la gente haga todo por él: “Me acuerdo que lo pasaba a buscar por la Parroquia, y ahí una de las chicas le daba la comida, después íbamos al departamento y arrancaba la rutina: yo le ponía a cargar el celular, le cocinaba, cenábamos y con la excusa de mirar televisión, nos acostábamos. Recuerdo episodios de estar en la cama de su habitación. Estar acostados y abrazados, y él me decía que le gustaba mi olor y me pedía que le acariciara la cabeza, que le pasara mi mano por los pelos de su cabeza. Él siempre se encargaba de demostrarme que no había nada malo en compartir la cama o estar abrazados porque éramos amigos; y yo me autoconvencía que tampoco estaba mal, porque éramos amigos. Ahora, de grande, con otra perspectiva, me doy cuenta que no estuvo bien todo que hizo”.

“También me acuerdo que en un momento me pidió que le limpie los talones, que le pasara crema por los pies”, agregó. Juan detalló que “en el verano de diciembre de 2001 y enero de 2002, Lorenzo alquiló una quinta en Gonnet, que quedaba entre Camino Centenario y Belgrano, y literalmente me mudo a la quinta con él, hasta tenía mi pieza y las llaves del lugar. Una vez casi nos descubre acostados otro chico que vivía en la quinta y que formaba parte del grupo scout de Lourdes. Y ante esa situación, en la que casi nos descubren, cuando estábamos solos recuerdo que Lorenzo me decía: ‘zafamos, qué van a pensar estos’. Y yo me sentía sumamente halagado, porque había hecho algo que le había gustado, había hecho algo bien”.

“Lorenzo fue manejando todo para todo sucediera en forma casi natural. Él se acostaba en la cama con la espalda en la pared y estábamos abrazados de costado, porque la excusa era mirar televisión. Cuando llegaba o me iba me daba abrazos fuertes, y me acuerdo que él me decía que le gustaba que yo le metiera los dedos en los rulos y le hiciera caricias en su cabeza. Ahora que soy padre me doy cuenta que no eran conductas apropiadas de una persona de 40 y pico de años con un adolescente, y mucho menos si esa persona mayor era un cura”, especificó.

Finalmente, recordó que “un día en la quinta, cenamos en el patio, estábamos solos y después nos quedamos charlando de sobremesa. Esa noche tomamos champagne y comimos almendras, y eso lo hicimos varias veces, era como un rito. La quinta era un desfile de amigos de Lorenzo, ahí empecé a sentir que yo me había mudado a la quinta y tenía que atender a todos sus amigos. Parecía el mayodormo. En la quinta se quedó unos días otro sacerdote, Tony, que era muy amigo de él”.

Actualmente, Eduardo Lorenzo sigue contando con el amparo y asilo de la Iglesia y el arzobispo “Tucho” Fernández, quien desde el 11 de noviembre le concedió licencia y estaría realizando tareas en una sede Cáritas de La Plata. En tanto, el jueves 14 y viernes 15 de noviembre, Lorenzo deberá someterse a las pericias psiquiátricas en la dirección de Asesoría Pericial de La Plata, en calle 41 entre diagonal 114 y diagonal 115, frente al Hipódromo.

La Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico de Argentina se formó años atrás y es un espacio de asesoramiento, acompañamiento y contención de pares. Allí están a cargo la psicóloga Liliana Rodríguez y los abogados Carlos Lombardi y Dino Bartoli, y más de un centenar de personas cuyos abusos fueron cometidos en Argentina. Al día de hoy hay al menos 65 curas y monjas, mayoritariamente varones, denunciados, cuatro juicios ya realizados y con condena y dos elevados a juicio.

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